Hay días que empiezan como cualquier otro… y acaban cambiando algo por dentro sin hacer ruido.
Te cuento esto como si estuviéramos sentadas tranquilamente, con una cerveza artesana delante —porque, de hecho, tiene bastante que ver con eso.
Todo empezó de una forma bastante inesperada.
Una de esas casualidades que, cuando las miras con un poco de perspectiva, dejan de parecer casuales.
Alguien encontró uno de mis folletos en La Sánchez. Lo cogió, lo miró… y decidió escribirme.
Así empezó todo con Kutufitta.
Un mensaje, una conversación, otra más larga… y esa sensación que a veces aparece cuando hablas con alguien que mira las cosas de una forma parecida a la tuya. No sabes muy bien a dónde va a ir, pero sabes que ahí hay algo.
Quedamos. Y decidimos hacerlo en La Sánchez. No por casualidad, sino porque, de alguna forma, todo había empezado allí. Era casi una excusa para celebrar ese encuentro.
Y, sin darle demasiadas vueltas, surgió la idea:
¿Y si hacemos algo juntos?
Nada grandilocuente. Nada demasiado pensado. Solo el gesto de no dejar pasar ese momento y darle valor.
Ahí entró también La Sánchez, claro. Porque el oficio estaba ahí. Las herramientas y el saber hacer.
Y de repente, sin haberlo buscado, éramos cuatro: Rocío, Ariel, Cristina y yo.
Tres marcas. Tres formas distintas de entender lo que hacemos, pero con algo en común: el respeto por los procesos, por los materiales, por hacer las cosas bien.
Decidimos crear una pieza.
Y luego vino la elección de la piedra: Turmalina negra.
No fue una decisión estratégica. Fue más bien de esas elecciones que se sienten antes de entenderse.
Primero fue el color y luego lo que transmite.
Por ese equilibrio entre lo estético y lo que no se ve.
Y ahí, en ese punto, podría haberse quedado todo, pero algo no terminaba de encajar del todo.
No porque faltara algo: de alguna manera, sentía que podía ser más.
Así empezó otra parte del proceso, mucho más silenciosa. Darle vueltas. Pensar en qué estaba pasando realmente. En qué era lo interesante de todo esto.
Y entendí que no era la pieza.
Era lo que había hecho que esa pieza existiera.
Las personas.
El encuentro.
La artesanía que nos une a todos.
Y entonces apareció la idea de las Ediciones LBC…un concepto que había surgido tiempo atrás, en otro encuentro.
Un encuentro que también me trajo muchos momentos importantes, después. Y que tampoco fue casual.
Fue Vivi Seijas que, tomándonos un cafe, me dijo: “Se me ocurre que estaría bien hacer unas CAPSULAS LBC”
Una frase que fue una semilla…casi olvidada, y que ahora volvía a mi, después de haber estado gestando casi un año.
Crear piezas únicas, sí.
Pero sobre todo, crear encuentros que merezcan la pena ser llevados un poco más lejos.
Esta sería la primera.
Edición LBC 01. Turmalina Negra.
Y vendrían más.
Con otros artesanos.
Con otras materias.
Con otras historias.
Mi chico, que me conoce de sobra, me veía súper ilusionada pero sabía que estaba tramando algo más: podía oír el sonido de mis pensamientos…mi cerebro que daba vueltas sin parar.
Yo sentía que algo tan bonito tenía que aportar algo más.
Y aquí es donde entra la cerveza artesana.
Un día cualquiera, en uno de nuestros sitios favoritos de Madrid. (de esos a los que vuelves sin pensarlo) nos sentamos, y pedimos una cerveza. Nos ofrecen probar una que no conocíamos.
Leí la etiqueta. Cerveza artesana «Cerveza hecha bien».
Y empecé a tirar del hilo: descubrí el proyecto y las personas que había detrás.
Todo lo que estaban construyendo.
Y ahí… todo volvió a encajar. Pero de una forma distinta.
Todo este proceso —que ya tenía valor por sí mismo— podía también contribuir a algo que genera impacto y que cambia cosas de verdad.
Y no desde un lugar forzado. Desde el mismo sitio desde el que había nacido todo lo demás: el encuentro.
Así llegó APASCOVI a la historia.
Y ya no había vuelta atrás: cuando ves ese encaje tan claro, tan natural, tan poco impostado…no puedes ignorarlo.
Todo lo que había pasado hasta ese momento tenía aún más sentido y formaba parte de algo más grande.
Ahora mismo estamos ahí.
En ese punto en el que todavía no está todo hecho: la pieza sigue su proceso y las cosas se están colocando.
Pero con la certeza de que no hay nada más importante de cómo decidimos hacer las cosas, con quién y para qué.
Así que sí.
Todo empezó con un folleto en un taller.
Siguió con una conversación.
Luego fue la idea, la pieza…
Y, sin esperarlo, una cerveza acabó dándole sentido a todo.
Y lo mejor, es que esto no ha hecho más que empezar…
